Cute Happy Ghost
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crime
•Stardust#•;
¡Vampiro!, sin pacto con el diablo. 19. Excentrica, histérica; nativa en mis impulsos del cerebro límbico

Rol:

Esto es lo que me ha tenido tan entretenida en word las ultimas dos semanas. Espero poder terminarlo para febrero a ver que pasa, le tengo mucho cariño a este trabajo.

Había una aglomeración en una esquina, cerca del lugar en donde debía llevar mis primeros documentos. Unas personas estaban alrededor de un vendedor ambulante, quise averiguar que sucedía por lo que me acerqué. “¡Es tan buena persona a pesar de ser de dinero!” dijo una señora “¡Y además tan guapo!” mencionó la otra. Eran pueblerinas chismosas por lo que se veía, aunque yo no estaba tan lejos de ser una chismosa.

Me adentré entre el gentío y pude verlo todo de mejor manera: había un sujeto que arrodillado, le agradecía a otro de elegantes ropas británicas. Este, al parecer, había llevado a cabo un acto filantrópico. No tuve que preguntarle a nadie lo sucedido, todos lo murmuraban, al parecer un ladronzuelo había robado toda la mercancía que el vendedor ambulante tenía, y el sujeto recién llegado había visto lo que había sucedido, y sin pensarlo dos veces, consoló al hombre dándole además, el dinero completo de lo que había perdido. Que a juzgar por la perplejidad de muchos, debería ser una buena cantidad en bolívares.

Un pellizco para sí, pensé, de seguro vendrá forrado en dólares por el tipo de ropa que lleva. ¿Cómo era que el mismo no temía de los ladrones?

Entonces el sujeto levantó su rostro de la cabeza del hombre que arrodillado le agradecía. Me quedé perpleja al verlo mirarme directamente; jamás había visto algo igual. Era una mezcla de belleza y oscuridad que no dejaban de ser meramente exquisitas, un porte digno de alguien de la realeza pero que no dejaba de tener un dejo de crueldad.

Era, sin dudas algunas, algún monarca de algún sitio lejano. Parecía un ángel caído, al que habían robado sus alas. Sus cabellos negros y lisos eran preciosos, azabaches y brillantes, que caían con gracia. Sus rasgos extranjeros, una nariz bien contorneada, y unos labios hermosos. Y el punto que más llamaba la atención, a parte de sus cabellos lisos que también estaban sobre su frente, eran esos ojos brillantes, que parecían hermosamente maquiavélicos, de un impresionante color violeta. ¿Pero qué estaba sucediendo? Ese hombre estaba viéndome directamente a mí, y sin saber la razón, comencé a sentirme avergonzada y mareada.

Sudé frío. Hice un ademan para salir de entre el gentío pero estaba totalmente rodeada, estaba a unos metros de él, ¿Cómo estaba tan segura de que me miraba a mi si habían tantas personas? Además… ¿Por qué no podía siquiera moverme? No podía disponer abiertamente de  mis habilidades motrices, estaba petrificada por completo, mareada, con nauseas, y sonrojada.

Alguien le habló, y un escalofrío recorrió mi espina dorsal en cuanto sonrió. Era tan hermoso, pero muy por lo bajo el único nombre para el sentimiento que sentía era miedo. Miedo, absoluto miedo, entonces el tras sonreírme meneó su cabeza hacia quien le hablaba, y sentí que había recobrado mi sentido del tacto, pues, me pude tambalear bruscamente hacia la izquierda, tropezándome entre las personas y terminando estrellada contra un sujeto de estatura media al final de la acera.

-¡Señorita Evelyn!- escuché de la ya conocida voz del doctor Matías.

Mis nauseas casi me hacen tambalearme de nuevo, y aunque estaba muy avergonzada me aferré a él.

-*-

-Lo siento muchísimo- le dije no sé cuántas veces, estaba muy avergonzada, no podía negar que había sido una suerte el haberme topado precisamente con él, que sin chistar, me dio un trozo de limón para oler y controlar así mi mareo y nauseas. En cuanto me restablecí, me di cuenta que estábamos en la cafetería contigua al Hospital de Valle Normal. Era pequeña y algo acogedora, la dueña decía que era lo menos que podía hacer estando tan cerca del hospital; la mayoría de los clientes poseían familiares de seguro internados allí, así que intentaba que fuese familiar, tranquilo para pensar, y un tanto alegre para lograr levantar ánimos. Podría decir que si tenía ese toque.

-Pedí un jugo natural para usted- me dijo Matías en cuanto al parecer, leyó en mi expresión  que ya me sentía mejor. –Pero creo que debería esperar un poco antes de beber algo, podríamos hacer que las náuseas volvieran-

Asentí –fue una sensación horrible- le dije –y ahora siento que mis parpados están muy cansados-

-Probablemente durmió mal- dijo en un tono sarcástico, lo interrumpí en cuanto iba a decirme quizás que debía irme a revisar

-La verdad es que desayuné muy mal- mentí –Mi hermano me comentó que deseaba verme, ¿algo que tenga que ver con mi madre?-

Quería cambiar de conversación de inmediato, ya tenía mucho con el percance entre mi hermano y yo, y la verdad, no quería más reprimendas. La expresión de Matías Ibáñez cambió por completo, podría jurar que estaba incluso nervioso. Revolvió su café negro, que identifiqué por el fuerte olor y desvió la mirada hacia la ventana de cristal, por donde se veían los autos y transeúntes. Hacia afuera, el sol brillaba, y hacía resplandecer las aceras y calles de piedra. Igual que los colores coloniales y los arboles verdes que adornaban la ciudad.

-Fue todo muy precipitado- comenzó a hablar el médico –Siendo sincero, creo que fui atacado por algún virus sin darme cuenta, por lo que no recuerdo exactamente qué sucedió.

Parecía que le costaba ordenar bien las ideas para poder hablarme, y eso comenzó a angustiarme, quería saber a donde quería llegar con tanto misterio, por lo que comencé a mover mi pierna  en un frenesí de nerviosismo; pero no quería hacerlo detenerse, por lo que, sin saber de dónde, opté por abrazar la paciencia. Lo miraba con insistencia sin poder evitarlo y eso parecía ponerlo más nervioso aun.

-En cuanto vi los documentos, que incluso anteriormente habían sido firmados por mí, me quedé estupefacto, hice lo posible por hacerme de ellos y enviarlos a usted, sabía que lo hubiese preferido así, sin embargo, la señora Madeleine se enteró sin yo saber cómo y me arrebató los documentos-

En cuanto dijo documentos y habló de la prima de mi madre lo intuí; tendría que estar hablando de la autopsia, a final de cuentas, quien llegó con autopsia en mano fue ella seguida de Mario y tía Ruth. Me miró aun nervioso, asentí comprensivamente para que estuviese claro en que yo no lo culpaba de nada y eso pareció darle fuerzas para continuar.

-Viajé semanas antes del empeoramiento de su madre por cuestiones de azar, fue un viaje de improvisto que fue en agradecimiento por ayudar a un colega con una pequeña niña que había enfermado extrañamente de fiebre amarilla. Aproveché llevar a mi esposa ya mi hijo a unas merecidas vacaciones- se le quebró, de un momento a otro la voz -¡Le juro que estaba todo en orden, y el médico que se quedó a cargo, puede corroborárselo! ¡Incluso unos estudios previos, hechos a su madre, demostraban que estaba saludable! Sin siquiera algún problema-

Estaba mucho más perturbado de lo que yo hubiese pensado. Tomé su mano.

-Eso hasta yo lo sé, mis hermanos me enviaron a mi correo electrónico los resultados, todos estábamos aliviados. Muy dichosos, ¡No entiendo a qué viene todo esto! Pero si le soy honesta, y eso le hace feliz, ninguno de nosotros estamos culpándole de nada- le dije en un tono comprensivo, eso pareció aliviarlo, aunque no del todo.

-Hay más- me dijo –Los documentos que le mencioné al principio, firmados por mí, son una serie de permisos que se acostumbran a llevar a cabo al momento de una defunción en extrañas condiciones, y que requiere de una autopsia. En cuanto llegué, vi los diagnósticos impartidos por el médico anterior, que si me lo permite mencionar, es alguien a quien le tengo entera confianza y sé que es serio.  Él afirmó que la defunción de su madre, se debió al hecho del empeoramiento del Cáncer de Pulmón, que tras hacer metástasis, minó su vía respiratoria, y empeoró con una neumonía que terminó llevándosela-

Hizo una pausa, pensando quizás en que no entendía sobre que me estaba hablando.

-Eso lo comprendo, pero, no entiendo a dónde quiere llegar con esto-

Estaba en cierto modo decepcionada, él estaba solo ahí diciéndome la razón de la muerte de mi madre, ¿Por qué entonces una autopsia? Estaba muy claro, el Cáncer de Pulmón era devastador. Esperé paciente, aunque como ya les he mencionado, es algo que me era muy difícil. Iba a decirme algo más, pero su celular sonó, uno modesto que se llevó al oído. Mordí en mis labios el decirle “¡Apáguelo y dígame de una buena vez qué es lo que quiere!” Pero él era un médico y yo no podía ser tan egoísta.

Tras unos segundos de intercambiar cierta conversación que no entendí por qué comenzaron a hablar en terminologías médicas, me pidió que lo acompañase al hospital, aprovecharía el tiempo de camino a allá para terminarme de contar. Accedí tomando el jugo natural que me había invitado de la mesa, él pagó y salimos a paso rápido, no tenía mucho tiempo.

Pude divisarlo bien, era un hombre de unos cuarenta años de presencia cansada, quizás por su profesión, pero con ojos con absoluta viveza y perspicacia. De cabellos caoba y bigote poco poblado de igual color. Tenía poca barba, y llevaba pantalones de vestir y camisas bien planchadas, por su gustosa y orgullosa esposa. Quien había tenido el gusto de conocer pero no recordaba bien su rostro, pese a que era una pequeña de creo, unos cuatro años. Caminamos por la acera, y el tras pensar un poco, se volvió a mí, mientras aun apretaba el jugo en mis  manos. Luego miró al cielo.

-Ya sabes lo que sucede con el tipo de Cáncer Pulmonar que le diagnosticamos repentinamente a tu madre, ¿no? Mina los pulmones y afecta directamente al sistema linfático.- asentí y él continuó –lo importante en cualquier tipo de cáncer, es el hecho de mantener fuerte el sistema inmunológico, y en tu madre, esa era su fortaleza. Sus valores siempre eran excepcionales, y claro, a cuidados de Edward, siempre se mantuvieron así. No obstante, algo me llamó la atención en las últimas líneas, y ese fue precisamente el modo de proceder del cuerpo de tu madre.-

Lo volteé a mirar extrañada, algo en su tono de voz me preocupaba en sobremanera.

-¿Qué cosa?-cuestioné ansiosa, nerviosa, con mil sensaciones en mi estómago

-Anemia- dijo, alcé una ceja, no entendía nada –La anemia es una enfermedad peculiar, suele en el mayor de los casos tratarse de falta de hierro, en otros, falta de glóbulos rojos, problemas con la hemoglobina, el principal valor de fortaleza de tu madre, y el principal importante en mantener fijo en un paciente de cáncer. Sin embargo, tu madre comenzó a padecerla, su hemoglobina bajó de manera increíble, esto quiere decir, que comenzó a perder la sangre de una u otra manera.-

No sabía que responderle, ya comenzábamos a brincar sobre terreno que yo desconocía sinceramente, además de acercarnos a las puertas del hospital. Me desesperé.

-¿No sería acaso porque estornudaba sangre?- dije, desesperada -¿Quizás en la orina?-

Negó con su cabeza.

-Nunca la cantidad que ella estornudaba de sangre podía bajar la hemoglobina de manera tan crítica, la baja hemoglobina de tu madre era escandalosa, y nunca presentó fallas renales como para expulsar sangre por ahí. Nunca hubo vómitos, y eso tus hermanos y el joven Jonathan pueden decírtelo, aquí hay algo extraño.-

Cruzamos la puerta del hospital y nos dirigimos, ahora casi corriendo, a través del pasillo. Estaba atónita.

-¿Me está sugiriendo que mi madre no tuvo anemia alguna?-

-Exactamente todo lo contrario, señorita Evelyn, la anemia es el punto de inicio de algo extraño, le ruego revise con cautela de nuevo el historial médico entregado por mí en cuanto me vio luego de la muerte de su madre, y re-lea la autopsia: solo en la autopsia, se menciona la anemia-

Llegamos a emergencias directamente y varios paramédicos interceptaron al doctor Matías, que de manera ágil, tomo su bata que no supe de donde saco y se la colocó, llegando a la camilla del paciente que le esperaba, pasaron frente a mi diciendo terminologías médicas, mientras el chico era intubado. Estaba completamente perpleja. En un abrir y cerrar de ojos el médico había desaparecido al final del pasillo. A pesar de que me encontraba en emergencias, y que había un bullicio de enormes proporciones, me sentí sorda en cuanto me sumergí en el mar de desesperación que me rodeaba. ¿Qué estaba pasando? ¿Se había esto convertido en un caso tan grave? ¿Mala praxis médica? ¿Alguien quería acabar con mi madre? ¿Por qué? ¿Simplemente un error? ¿Debía confiar en las palabras del doctor?

Una enfermera chasqueó sus dedos frente a mí, parecía apresurada.

-El doctor te envía esto- dijo, extendiéndome un trozo de papel garabateado, luego emprendió un frenético andar de regreso llamando a otros compañeros que corrieron junto a ella. Pegué mi espalda de la pared y miré fijamente el papel que desdoblé, decía:

 “Acércate con cuidado a mi oficina y busca en la primera gaveta, hay un sobre de color blanco que es más o menos del tamaño de media página oficio. Si te llegan a ver en el camino, dices que vas de mi parte, y que solo buscabas ese documento, si todo se complica, les dices que pueden llamarme, mantén la calma y no sucederá nada”

Suspiré aterrada, ¿entrar en su oficina de manera clandestina? ¡Pero en qué estaba pensando! Imaginé que si llegaba a tales extremos se debía a que probablemente esos documentos me servirían de algo. Seguí el pasillo de manera contraria a la que se había ido el doctor Matías e intenté recordar donde se encontraba su oficina de consultas. Me perdí varias veces entre los pasillos de traumatología y oncología. Con este último malos recuerdos llegaron a mí y de una u otra manera me llenaron de coraje, por mamá tenía que descubrir que sucedía, no solo por ella, también por los chicos. Pronto vi una puerta cerca de donde estaba medicina general, sonreí al ver que en la madera de la puerta había una plaquita de color dorada que decía “Dr. Ibáñez” Qué placa más inconfundible.

Me escurrí hasta ahí y giré la perilla, estaba abierto y el pasillo estaba despejado, me adentré a toda prisa y dejé la puerta a medio abrir. En cuanto giré sobre mis talones y vi hacia el interior de la oficina solté un bufido de queja: habían muchas gavetas, ¿cómo iba a adivinar cuál de todas era? Había gavetas en la repisa, escritorio y pequeña biblioteca. Bien, por lo menos tenía una pista, debía buscar en las primeras gavetas. Releí el papel dos veces más y me propuse a buscar primero en el escritorio, pero ahí no había sobre alguno.

Me acerqué con sigilo y lentitud a la biblioteca, busqué en la primera gaveta y tampoco había nada. Me mordí los labios preocupada y miré hacia la repisa, esta, además de tener varias gavetas decía “Resultados de exámenes varios”. Alcé una ceja, de hecho, yo no sabía que era exactamente lo que contenía el documento, ¿y si acaso era un examen de hematología completa?

-¡Hey! Yo que tú, me doy prisa- ese susurro me sacó de mis cavilaciones, di un salto del suelo, pues estaba agachada frente a la pequeña biblioteca de la oficia den señor Matías, ¡Había sido descubierta! Dirigí mis ojos hacia la puerta y me quedé quieta, mordiendo mis labios.

¿Qué estaba viendo?

-¿¡Michael!?- tartamudeé histérica, ¿qué hacía ahí? ¿Me estaba acaso siguiendo? ¿Desde cuándo? ¿Y por qué razón? Era una maraña de preguntas, sin saber cómo, de pronto lo tenía más cerca de mí, se inclinó un poco y sentí que vio a través de mis ojos. Esos hermosos ojos marrón oscuro me escudriñaron por largos segundos, sentí, mis mejillas adquirir un vergonzoso color carmín.

-¿Otra vez débil? Se debe a que ha estado por aquí- no entendí a qué se refería con sus palabras –llegó esta madrugada, no creí que te afectara tanto-

-¿qué quieres…?- guardé silencio en cuanto le vi extender su brazo y pasarlo sobre mi hombro, en línea recta hacia atrás de mí, quería alcanzar algo, poco tiempo después oí como se deslizaba la gaveta de metal del estante que quería revisar para encontrar los documentos que me quería dar el doctor Matías, pero eso dejo de importar por esa milésima de segundo, en la que sentí como casi imperceptiblemente, posaba su mejilla sobre la mía, un escalofrío, delicioso, se apoderó de mi medula espinal, bajando por mi columna vertebral y dejándome quieta. Cual estatua de mármol.

Se separó de mí y extendió un sobre blanco del tamaño de media página oficio. Lo que estaba buscando. Sus ojos bajaron al suelo, como si mirarme directamente a los míos por tanto tiempo le hubiese afectado de una u otra manera. Sentí una cosquillita en mi estómago al pensar que era vergüenza de su parte.

-es hora de que te vayas a casa- murmuró –no queda mucho tiempo antes de que te descubran-

-¿Eh?- balbucí como imbécil sin comprender –El doctor Matías es quien me envió, si me encuentran no importa-

Para cuando terminé de decir eso ya estaba en el pasillo, Michael me había empujado fuera de la oficina tan rápido que ni siquiera pude protestar, iba a voltearme, pero en ese instante una enfermera me interceptó.

-El doctor Matías está en quirófano, venga después- me dijo tras inspeccionar que todo en su oficina estuviese en orden, miré ahí dentro y Michael no estaba. Esta cerró la puerta y caminó en línea recta al final del pasillo. Estaba ahora impresionada de nuevo, ¿Michael en donde había parado? Toqué la puerta con la esperanza de oírlo, pero al sentir el silencio en el interior, algo me dijo que ya no estaba ahí. Extraño, pero me conformé con eso.

posted 26 Dic 2012 @ 21:25